Aquella no era una mañana normal, todo el mundo andaba nervioso por Lunargenta, se habían corrido las noticias del ataque rápidamente, y las autoridades estaban estudiando la situación y prometieron informar a través de una comisión especial en la plaza de Los Errantes. Los más aguerridos elfos discutían a voces las noticias, dándole más importancia a la retórica empleada que al contenido de la misma. Entre ellos, escuchando más que voceando, se encontraba el joven Thasmil. También había niños que, con los ojos muy abiertos, escuchaban a sus mayores, y algunos de ellos sentían verdadero miedo hasta que alguno desenfundaba su espada de madera y con suma valentía gritaba para dar fin al mismísimo Illidan mientras que todos los demás niños seguían el juego formando gran algarabía.
Bendito remanso de la inocencia infantil que una vez perdido sólo regresa en los últimos momentos de nuestras vidas.
Las mujeres, con cierto temor, callaban y escuchaban los rumores de aquella guerra no tan lejana. Aquella guerra que podía afectar directamente a sus familias. Como las máximas responsables de los más pequeños, sentían el miedo muy muy dentro. Aún así, siempre conseguían mantenerlo en el interior, ya que no querían extenderles sus preocupaciones, pese a que los tiempos estaban cambiando. Ya existían elfas de sangre hábiles en el arte de la guerra, aunque la mayoría seguían cuidando de los suyos en casa. Muy duro y arduo fué el trabajo de las madres, que pocas veces era reconocido por los embrutecidos hombres que solo sabían de peleas y borracheras.
Los más ancianos intentaban hacerse valer también. Gritando, mientras discutían a voces con los adultos, llegando a veces a amenazarlos con los bastones, bastante enfadados. Mientras, en una grave falta de disciplina y humanidad, los adultos despreciaban a los ancianos por su falta de fuerza, ya que como bien se sabe, se sea de la raza que se sea, nadie se libra del conflicto generacional. El tiempo transcurre en cada uno de nosotros, si es que éste realmente alguna vez existió.
La plaza de Los Errantes era un verdadero hervidero esa mañana. Era una jaula de grillos en la que cada cual jugaba su papel, pero todos bajo la sombra de una realidad común. Esperaban ansiosos las noticias de las Autoridades sobre el incidente ocurrido. El rumor era escueto y contundente: la plaga había atacado Orgrimmar hace dos días.
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