Como todos los jueves, Pitbear nos acerca un poco más el Lore del Warcraft.
La semana pasada hablamos de la noble raza de los Tauren. Esta semana, analizaremos la figura de su líder, Cairne.

Cairne Bloodhoof
Nombre: Cairne Bloodhoof
Nace: 518.
Edad: 103 años.
Ocupación: Alto Jefe de la Horda; Jefe del Clan tauren de los Bloodhoof; Señor de Mulgore.
Alineamiento: La Horda.
Hijos: 1, Baine Bloodhoof.
El viento susurra un nombre... un nombre que se pierde en las eras... La tradición oral ha pasado de generación en generación, de abuelos a padres y a hijos. Es cantada por la brisa que mueve la hierba que luego ha de consumir la hoguera. Los espíritus hablan a los corazones de las criaturas, pues es la voluntad de la Madre Tierra que todo lo que crece, aprenda y luego, dé alimento a los pastos, en un ciclo que no tiene fin.
Por siglos, el pueblo de los Shu'halo ha vagado por las amplias e interminables estepas de Mulgore, la tierra que la Madre Tierra ha dado a sus hijos por heredad.
Nadie sabe cuándo ni como surgieron los Shu'halo, pero la leyenda dice que la Madre Tierra, Dadora de Vida, creo los campos de grano a partir de las nubes, campos extensos pletóricos de vida, donde los Hijos de la Madre Tierra, los Shu'halo, levantándose del polvo, corrieron bajo la sempiterna mirada vigilante de sus ojos, An'she, el Sol, y Mu'sha, la Luna.
Los Shu'halo vivieron en estado de gracia durante años, pero cayeron ante los murmullos, los susurros malignos que provenían de debajo de la tierra, y conocieron la maldad. La Madre Tierra se lamentó por la desgracia de sus escogidos y apartó sus ojos. Es por eso que An'she y Mu'sha están condenados a perseguirse eternamente uno detrás del otro, sin poder jamás alcanzarse.
Aún así, la Madre Tierra continuaba amando a sus hijos, e influyó en ellos para que amaran la cacería. Los Shu'halo se volvieron grandes cazadores, pero hubo un espíritu que logró escapar de ellos, Apa'ro, el Gran Ciervo Blanco. Los Shu'halo persiguieron a Apa'ro hasta los confines del mundo, pero el Gran Ciervo huyó hacia los cielos, donde su cornamenta de plata se quedó enredada entre las estrellas. Mu'sha, compadeciéndose de Apa'ro, le liberó de su prisión, pero ella quedó prendada de su belleza y se enamoró de él. Mu'sha, entonces, concibió un hijo de Apa'ro, al que llamaron Cenarius, porque unió el cielo y la tierra.
Cenarius creció entre los bosques, para orgullo de su padre, y con el tiempo, se hizo amigo de los Shu'halo. Les enseñó a hablar con el viento, a sentir la fuerza del fuego, a escuchar a los árboles y entender el lenguaje de los ríos. Fue así como mil años antes de que naciera el primer Kaldorei, Cenarius, el primer Shan'do (Shan'do es una palabra darnassiana que significa "reverenciado maestro") enseñó el camino del druidismo a los Hijos de la Madre Tierra.
Sin embargo, Zaetar, el Guardián de los Bosques e hijo mayor de Cenarius, fue consumido por la locura del amor por Theradras, princesa de la tierra y de los elementales. Y de aquella monstruosa unión nacieron los cinco primeros Khanes de los Centauros.
Los horroríficos Centauros odiaban todo y a todos, y mataron a su propio padre. Juraron la guerra contra todas las razas del mundo, y atacaron a los pacíficos Shu'halo y les despojaron de sus tierras en Mulgore. A partir de allí, los Shu'halo vagarían como errantes peregrinos por los desérticos Yermos del este de Kalimdor, por generaciones, siempre en retirada, siempre sin tener un lugar al que llamar hogar...
En el año 518 de la Edad de la Memoria, en algún lugar de la arenosa costa de Barrens, cerca del Gran Mar, nace en la aldea Bloodhoof un pequeño Shu'halo. Huérfano de padre desde antes de nacer, su madre le llamará Cairne, que en lengua élfica quiere decir "conocido por su fuerza", y en lengua taur-ahe "honorable guerrero".
Cairne creció como muchos tauren lo han hecho: en medio de los pastizales y el desierto. Con los años aprendió a cazar a los monumentales kodos, a defenderse de los elementos, a sentir en su interior la fuerza de la Madre Tierra.
Desde joven, creció junto a dos de sus más entrañables amigos: Hammull, del clan Runetotem, y Magatha, hija del cacique del clan Grimtotem.
Con los años, Cairne fue creciendo en fuerza y sabiduría. Muchas veces tuvo que luchar contra los centauros y muchas veces tuvo que ver morir a muchos de los suyos a manos de los enemigos.
Las aldeas de su clan se habían asentado cerca de la costa, buscando un lugar seguro contra los continuos ataques de los centauros. Por un tiempo, lograron asentarse en paz, pero Cairne sabía que debía mantenerse vigilante.
Durante esta época, nació Baine, su hijo, no sabemos si el único. No se sabe nada de la madre de Baine y por tanto, concubina de Cairne. Es presumible que muriese cuando el niño era joven, dado el gran afecto que Cairne muestra para con su hijo, reflejo, quizás, de un amor antaño perdido.
Desplazados hacia la costa, es en el año 617 cuando los vigías de la tribu de Cairne, para esa época librando una terrible guerra contra lo que los centauros consideraban su ofensiva definitiva contra los tauren, divisan la presencia de barcos tripulados por extrañas criaturas de piel verde.
Desconfiados de los extranjeros, los Shu'halo ocultan su presencia, evadiendo el contacto, mientras los nuevos invasores, mostrando una combinación de fiereza, fuerza y astucia al combatir, logran resistir y derrotar las acometidas de las hordas centauras.
Intrigado, Cairne decide revelar la existencia de su gente a los extraños, arriesgándose a ser igualmente destruidos, o bien, aceptados, y conseguir un poderoso aliado que les ayude en su batalla.
Es así como inicia la amistad entre Cairne Bloodhoof y Thrall, hijo de Durotan, Warchief de la Horda Orca. Pueblos disímiles pero con muchas cosas en común: sin un lugar en el mundo para llamar hogar, pero honorable y espiritualmente iguales.
Ambos pueblos se unen para derrotar a los Khanes. El gran ejército centauro del norte que se dirige hacia villa Bloodhoof es derrotado por las fuerzas unificadas de Thrall y Cairne.
Curioso de sus nuevos aliados, Thrall y sus orcos les sirven de protectores cuando los tauren deciden atravesar los Yermos hacia Mulgore, en un intento desesperado de recobrar su antigua tierra. Este episodio es conocido en Kalimdor como "La Gran Marcha".
Vencidos definitivamente los Khanes, y desplazados los centauros a las áridas tierras de Desolace, donde tienen su capital (Therramok), los Shu'halo se hacen con el control de las ricas estepas de Mulgore, que rebosan de pastizales verdes y cacería abundante.
Agradecido, Cairne indica a Thrall el camino del misterioso Oráculo, al cual el líder orco desea encontrar para saber, en definitiva, cuál es el destino prometido a su pueblo en aquella nueva tierra.
Mientras los orcos se dirigen al norte, hacia Stonetalon Peak, Cairne se encarga de reunificar a todas las tribus tauren dispersas a lo largo del continente. Grimtoten, Windtotem, Runetotem, Thunderhorn, Ragetotem, Mistrunner, Winterhoof, Whitecloud, Rivermane, todas las grandes tribus, se reunen en Mulgore. Se fundan los nuevos asentamientos de villa Bloodhoof, se levantan campamentos guerreros en Taraujo y Naraujo. Cairne ha comenzado a edificar una gran ciudad en el centro de Mulgore. Los tauren han decidido fundar una nación, la nación que nunca han tenido.
Pero Cairne no olvida a los amigos. Es demasiado honorable, demasiado leal, su corazón es tan grande como su monumental pecho. Se dirige nuevamente al norte, luego de terminar de expulsar a los últimos centauros, y se reencuentra con Thrall a los pies del pico Stonetalon. Viene con el propósito de ayudar a su nuevo amigo en la lucha contra los rosados pieles de metal, los humanos, enemigos de los orcos de allende los mares.
Con la ayuda de Cairne, Thrall toma la fortaleza de los humanos en la cima del monte, e inicia su aventura en las profundidades de las cavernas de Stonetalon. Cairne es el encargado de encontrar una extraña y valiosa gema rúnica, la cual permitirá a los aliados penetrar en el salón del Oráculo, luego de enfrentar innumerables peligros.
Es allí, frente al Oráculo, cuando se revela la terrible verdad: Grom Hellscream, a quien Thrall considera como un hermano, ha caído bajo la influencia del demonio Mannoroth y se ha corrompido. Con la ayuda de Cairne y de la inesperada nueva aliada, Lady Jaina Proudmoore, Thrall se ve forzado a luchar contra Grom y el Clan Warsong a la entrada del bosque de Ashenvale, hasta que finalmente, logrando liberar a Grom de la maldición, ambos orcos se enfrentan al demonio en el Cañón de Demon Fall, donde Grom mata a Mannoroth a costa de su vida.
Unificados por una causa común, los tauren pasan a integrarse a la Horda junto con los trolls Darkspear. La herencia chamanística de los tres pueblos, su amor por la batalla y el honor les han hecho aliados inseparabales.
Tras sobrevivir a la batalla de Hyjal, Cairne vuelve a Mulgore, donde la gran ciudad de Thunderbluff ha comenzado a levantarse. Noticias terribles, sin embargo, le esperan. Su amado hijo Baine ha sido secuestrado por los Centauros, en un intento de estos últimos para hacerse con el control de la tierra sopena de acabar con la vida del muchacho.
Desolado, Cairne entra en una gran depresión. Por fin, los años le empiezan a pesar y siente que las fuerzas físicas y morales le abandonan. Por primera vez, se siente un anciano.
Es cuando aparece Rexxar, enviado de Thrall, quien acude en busca de la ayuda tauren, pues un complot para invadir Durotar, perpetrado por el Almirante Daelin Proudmoore, ha sido descubierto.
Abatido, Cairne, extrañamente, se niega a ayudar a la Horda hasta que Baine sea rescatado. Con la ayuda de un viejo tauren llamado Bovan Windtotem y de un guerrero tauren llamado Tagar, Rexxar rescata a Baine de mano de los centauros.
Recuperado su hijo, el monumental Cairne se siente rejuvenecer y lanza a sus hermanos en ayuda de Thrall. Reunida de nuevo la Horda, la invasión sobre Theramore y la victoria sobre Proudmoore es cuestión de tiempos.
Tras la derrota del Almirante, cuatro nuevos años de paz se ciernen sobre Kalimdor. En este tiempo, Cairne termina de asentar las bases de Thunderbluff, comunicando, vía wyverns, la capital tauren con Orgrimmar, la capital orca.
Hammul Runetotem, amigo de Cairne, entabla una gran amistad con el Shan'do Malfurion Stormrage, reiniciando entre los tauren el druidismo, disciplina que estos habían olvidado tras siglos de luchas y congojas.
Pero Cairne sabe que su tiempo está cerca. Cansado, decide retirarse a Thunderbluff, dejando el mandato de su tribu a su hijo Baine, ahora todo un tauren hecho y derecho.
Los días finales de Cairne Bloodhoof se acercan, pero él no teme. Sabe que ha vivido bien, que ha luchado bien, que ha amado a la Madre Tierra desde que era un niño. Ha peleado la buena batalla.
Cairne Bloodhoof es figura de honor, valentía y orgullo. Es el líder sabio que guía y defiende a su pueblo, tanto espiritual como materialmente. No duda de sus convicciones, pues está seguro que sus decisiones son tomadas con sabiduría. Mas, no alardea de ello. Los años le han enseñado a respetar a todo ser viviente, a comprender los designios de la Madre Tierra y hacer feliz aún en la miseria. Su corazón no es egoísta, por el contrario, es una criatura dulce en un cuerpo monumental de guerrero. Su heroísmo y su nombre serán recordados por generaciones. Está listo para el llamado de la Madre Tierra.
Historia extraida de Leyendas de Azeroth
El susurro de los espíritus.
- Padre, cuéntanos una historia.
- Sí, sí, una historia de miedo.
- No, de miedo no, porque después sueño.
- Mejor de aventuras, entonces.
- ¡Ja ja, estos niños! ¿Bueno a ver, cuál será buena? ¡Ah, ya sé! Cuenta la leyenda que...
El sol se alza imponente sobre el lejano horizonte, y las praderas, que anteriormente dormían el dulce sueño del firmamento, se llenar de luz, de calor y de fresca brisa. El lucero ya casi es invisible, y la aurora, con sus delicados y rosados dedos, abre el portal de la mañana y de la vida.
Siempre hemos vivido en esta tierra, cobijados por el verdor de la llanura. Dicen que el primero de nosotros fue formado del polvo de la Tierra, por eso la Tierra es nuestra Madre. Cuando tuvo conciencia de si mismo, hechó a correr desnudo por la meseta, sintiéndose libre en el hogar que se le dio por heredad.
La primera vez que los espíritus hablaron a nuestros corazones, en realidad nos asustamos. No teníamos el conocimiento suficiente para entender todo aquello, pero el cosmos mismo conspiraba para que nuestra mente se abriera y recibiera la enseñanza. Fue cuando supimos que el árbol, la roca, el grillo, el coyote y la lagartija, todos, somos hijos de la Madre Tierra.
Entonces decidimos reunirnos, y conocimos a nuestras mujeres, y ellas dieron a luz a nuestros hijos. Y cantábamos alrededor de la fogata, tal como hacemos hoy, la canción de la noche y la mañana, pidiendo al Gran Padre Cielo lluvia, y a la Madre Tierra, fecundidad y buena caza. Es por eso que, cuando comemos a los hijos de la pradera, damos gracias a la Madre Tierra, por alimentarnos, y a la caza misma, porque sin ella no podríamos vivir.
Luego, bajó de las montañas el Hijo de los Bosques, que caminaba en cuatro patas, y nos enseñó a invocar a los árboles, a hacer crecer la hierba, nos dio conocimiento, nos enseñó a encender el fuego, a pulir el hacha, a afinar la flecha, y en agradecimiento, le levantamos el Tótem que tiene su rostro sobre el Monte StoneTalon.
Pero entonces sucedió lo inevitable. El cielo se volvió rojo y el Hijo de los Bosques nunca regresó. La Madre Tierra parió con gran dolor el nuevo mundo.
Solo algunos de nosotros sobrevivimos. Abandonados, desnudos, emprendimos el viaje hacia las verdes praderas de Mulgore, en busca de una mejor tierra, pero entonces, ellos descendieron de las montañas. Al principio no supimos qué hacer, pues nuestra raza no es belicosa ni ama la guerra. Pero ellos eran salvajes. Más veloces que nosotros, más agresivos, nos desplazaron, empujándonos cada vez más hacia la costa. Las cinco tribus, dirigidas por sus Khanes, amedrentaron a los nuestros, y los asesinaron. Ellos decían ser la encarnación de la ira de la Madre Tierra, y en verdad que eso creímos, porque la Madre Tierra puede ser voraz y destructora cuando ella quiere, pero el más alto de los chamanes nos dijo que el ciclo de la vida era ese, morir para que otros vivieran.
-¿Quiénes eran, papá? ¿Los Centauros?
Sobrevivir. Eso hicimos. Afanosamente, nuestros clanes volvieron a proliferar. Por siglos combatimos al enemigo con todas nuestras fuerzas, aunque siempre estuvieron un paso adelante nuestro. De pradera en pradera, de valle en valle y de montaña en montaña, vagamos buscando un lugar pacífico para vivir, siempre perseguidos, siempre odiados.
Nuestra raza es una raza noble, luchadora, y no estábamos dispuestos a perecer ante las pezuña sin hendir de ellos, sí, de los Centauros.
Muchos jefes se levantaron para luchar contra los Centauros. Por milenios ellos atacaron y nosotros los contraatacamos, rogando a los espíritus su favor y benevolencia. Hasta el día en que nos escuchó la Madre Tierra, y entonces, mandó la roca, la Piedra Por-ha, hija de la Tierra misma, para consolarnos. Los supersticiosos dicen que la piedra es sagrada y no debe ser tocada, pero una vez, la vieja, la antigua matriarca, buscó refugio a su sombra. Dicen que la piedra le habló y le dijo que pariría un niño, un pequeño que, con la fuerza de su brazo y la nobleza de su corazón, guiaría a nuestro pueblo hacia la Tierra Prometida.
- ¿Mulgore, verdad?
El padre cayó por un momento. Dio una bocanada a su pipa y continuó...
Ella corrió hacia su tienda buscando refugio de la lluvia y de la extraña voz que había oído salir de la Roca Por-ah. No sabía qué pensar de todo aquello. A la mañana siguiente se dirigió a buscar al gran chamán de la tribu. El espíritu del viento habló. Este le interpretó el sueño: en efecto, tendría un hijo y este seria ciertamente poderoso.
Pasaron unos meses antes de que se enterara de su estado. El padre, uno de los jefes del Clan Bloodhooff, había decidido partir en un nuevo intento por expulsar de Mulgore a los Centauros. Cuando el pequeño nació, hacía ya tiempo que el padre descansaba con los espíritus.
Ella decidió colocarlo bajo el tutelaje de uno de los chamanes del clan Windtotem. Le llamó Cairne, que en lenguaje tauren significa "fuego de la llanura". Desde pequeño, el joven Cairne aprendió a escuchar a los espíritus y a interpretar el susurro de la pradera. La hija del chamán, Magatha, se volvió en su mejor amiga y confidente.
Cairne disfrutaba con salir a jugar a la pradera, como hoy lo hacéis vosotros, pequeños. El calor del sol sobre su pecho, el viento reventàndose en su rostro, la claridad del agua de los ríos penetrando los resquicios de su cuerpo... Pero todo cambió el día del asalto a la aldea. No se pudo preveer, pero fue realmente devastador. Ese día, Cairne y Magatha, y uno de sus amigos, Humull del clan Runetotem, se habían escapado para bañarse en uno de los ríos, a pesar de las continuas reprimendas de su madre. Todo el día estuvieron jugando entre las cataratas. Cuando volvieron, al atardecer, solamente encontraron cenizas. Cairne corrió hacia la tienda de su madre y... bueno.
Al cabo de tres largos días de camino hacia la costa hallaron a los supervivientes. Habían sido atacados por sorpresa por uno de los Khanes Centauros. Cairne permaneció en un estado de estupor durante las semanas siguientes. Magatha pasaba junto a él, en silencio, llevándole la comida y tratando de animarlo. El pequeño nunca dejó de culparse por la pérdida de su madre.
Cierto día, Magatha fue a buscarlo a la tienda, pero no lo encontró. Desesperada, pensó que talvez Cairne había huido o pensaba buscar a los Centauros y vengarse. Buscó a Hummul y ambos resolvieron salir tras la pista del pequeño. Hummul prefería contarle todo al chamán de la tribu, pero Magatha insistió tanto, que ambos partieron al anochecer.
Lo encontraron sobre una de las colinas cuya vista daba hacia el gran valle de Mulgore. Cairne, con la mirada perdida en el horizonte, les dijo que se regresaran a la aldea, que su destino, por el momento, era diferente al del resto de los Tauren. Viajaría solo a través del Desierto de los Barrens, hacia el monte StoneTalon, a buscar al Hijo de los Bosques. Hablaría con él y le pediría la fuerza necesaria para vengar a su madre y derrotar de una vez por todas a los Khanes. Magatha y Hummul insistieron en acompañarle, pero Cairne dijo que tendría que enfrentar este viaje solo, que sería su consagración como Tauren mayor. Abrazó a sus amigos de infancia, tomó sus provisiones y echó a andar. Magatha y Hummul vieron, con lágrimas en los ojos, cómo su silueta se perdía en el rojo Poniente.
A lo largo de meses de viaje, el solitario Cairne creció. No creció solo porque así su cuerpo se lo determinara, sino porque los Barrens, ese inmenso desierto que nos separa de las áridas tierras de los Centauros, abría su boca para fundir su mente y su espíritu como el herrero funde el metal para hacer la espada. El sol, antes aliado de juegos, era ahora un avasallador adversario que quemaba su piel y drenaba sus fuerzas.
Durante el viaje, comió lagartijas y cavó para encontrar agua. Cuando sus fuerzas casi lo habían abandonado, llegó a lo que hoy conocemos como campo Narache. Era la entrada a Mulgore. En un oasis bebió hasta saciarse y su espíritu, inspirado por la Madre Tierra, le arengó a continuar. Ahora sería más peligroso. Mulgore estaba plagado por las tribus de los Centauros, y no dudarían en matar a un solo e indefenso Tauren, más si este era apenas un jovenzuelo.
Cairne prefería viajar de noche, para no ser detectado. Fue así como aprendió a interpretar las señales del cielo, a guiarse por las estrellas y los planetas del firmamento. Fue aprendiendo cuáles plantas eran comestibles y cuáles veneno. Camuflándose entre los arbustos y los cactus, lograba eludir las patrullas de los Centauros y pasar de largo de sus fuertes.
Comía lo que podía cazar durante la noche. Nada muy grande, para no dejar cadáveres que dieran indicio de su presencia. Durante el día reposaba unas pocas horas en alguna caverna, pero si no quedaba más remedio, mantenía la vigilia hasta el anochecer, para continuar el viaje. Cruzó los ríos por las zonas más tempestuosas, donde sabía que su rastro se perdería en el agua. Pensaba en su tribu y en Magatha. Sentía temor de pensar que lo hubiesen seguido sin saberlo él y que cayeran presa de los Centauros. Ellos no tendrían compasión alguna.
Había pasado casi medio año, cuando por fin salió de Mulgore. A sus espaldas, los verdes pastizales se despedían, mientras frente a él, las fauces voraces del desolado pico de StoneTalon se abrían hambrientas por devorar su carne.
- ¿Y qué pasó después papá?
- Cairne penetró en la oscuridad del pico Stonetalon con la sola esperanza de hallar algun rastro del Hijo de los Bosques. Durante casi dos meses vagó por la soledad de las montañas, eludiendo todo posible contacto con las bandas depravadas de los Centauros, a los cuales había visto merodear por las faldas del monte en un par de ocasiones. Evidentemente, se habían percatado de su rastro, pero Cairne más de una vez logró perderlos en la inmensidad de las grutas y cavernas del monte.
Pero había algo que Cairne no esperaba. Mientras más se acercaba a la cima de la montaña, el presentimiento de ser observado y vigilado constantemente se acrecentaba. Sus noches eran cada vez más cortas, por la continua vigilia que este temor incierto producía en su corazón. Aunque para esa época ya tenía una estatura y peso suficientes como para partir en dos a un centauro de un golpe, no dejaba de ser apenas un muchacho confundido obligado a madurar por las circunstancias.
Resolvió protegerse de alguna manera. Mientras escalaba las empinadas laderas de la montaña, Cairne se topó con una enorme y profunda caverna que le serviría de perfecto escondite. La caverna tenía una amplia entrada, pero su interior perfectamente permitía al joven Tauren crear una rápida defensa contra cualquier ataque sorpresa. La primera noche que durmió allí, le pareció escuchar voces en la penetrante oscuridad, pero decidió ignorarlas. Pero al cabo de una semana, mientras cabeceaba su testuz, tratando de velar porque su fogata no se apagara, claramente distinguió una voz en los más profundo de la gruta.
Cairne se levantó sobresaltado y tomó una lanza que había labrado durante su viaje por Mulgore. Hizo una antorcha y empezó a entrar cada vez más dentro de la cueva. Al poco de andar, descubrió una especie de escalinata que descendía hacia un profundo abismo. Su corazón tomó valor y empezó a descender. Una repentina corriente de aire apagó su antorcha y casi de inmediato, en la oscuridad de lo rodeaba, empezó a escuchar aterradoras risas estridentes, mientras su carne sufría la acometida de ponzoñosas y penetrantes garras. Cairne lanzaba golpes a la nada, sin poder esquivar los ataques, y resolvió buscar la salida, pero una de sus pezuñas resbaló y el joven Tauren rodó escalinata abajo en un desenfrenado y vertiginoso descenso.
Cuando abrió los ojos, vio luz. Examinó su situación. Estaba en una especie de mazmorra, sujetado por una poderosa red. Todo era silencio. Buscó sus alforjas pero le habían sido arrebatadas. Miró alrededor. Unos pasos llamaron su atención. A la entrada de su prisión, una enorme criatura, con grandes alas, garras de buitre y plumas, sonreía malignamente delante de él. Era una harpía. Detrás de ella, empezaron a salir sus "polluelos", tan terribles y horrendas como su madre y evidentemente hambrientas. Cairne tomó la red y comenzó a jalar con todas sus fuerzas. La harpía cambió su semblante por uno furioso y alzando amenazadoramente las alas, se lanzó sobre el Tauren. Cairne era mucho más fuerte y había roto la red, pero las zarpas de la harpía se habían clavado en su pecho, mientras las crías mordían rabiosas sus patas.
Cairne bufó de dolor y cólera. Tomó una de las zarpas de la harpía y lanzó al monstruo hacia una de las paredes. De un pisotón se deshizo de los polluelos, que rodaron, algunos muertos, en todas direcciones. La harpía se levantó furiosa y volvió al ataque. Cairne sangraba profusamente de sus heridas, pero aún así tuvo la fuerza suficiente para lanzar un puñetazo a la bestia. La harpía, con la cara destrozada y bañada en sangre, se había quebrado un ala en la caída. Casi de inmediato comenzó a chillar, y el horrible sonido hizo eco en la caverna. Un batir de alas fue la señal que confirmó a Cairne de que uno era la única criatura en la cueva. Buscó una de las antorchas y se lanzó fuera de la mazmorra. Sobre su cabeza empezaron a silbar el resto de las harpías del nido.
Cairne corrió en medio de la oscuridad, atravesando profundos túneles y gigantescas salas naturales de estalactitas. Las voces y chillidos de las harpías cada vez se alejaban más. Al cabo de un rato, le pareció encontrarse nuevamente solo. El techo de la cueva en esa gruta era demasiado bajo como para que las harpías lo continuaran persiguiendo. Sin embargo, su situación apenas había mejorado. Solo, sin agua, sin salida y perdido en la profundidad de la cueva. Cairne se sentó un momento y examinó sus heridas. No eran profundas, pero sangraban en gran cantidad. Razgó un pedazo de la tela de su ropa y se colocó un improvisado vendaje.
Siguió andando por un rato. De repente se detuvo. No podía creer lo que sus ojos veían. Dos grandes torres se levantaban a unos cuantos pasos de él. Se acercó. Eran unas ruinas. Parecía ser una ciudad abandonada hacía milenios. Los muros, finamente adornados con jeroglíficos y escritura cuneiforme, narraba una especie de historia sagrada de una cultura milenaria. Hacia lo que parecía ser la plaza, encontró un enorme edificio totalmente sellado, con la ifigie de lo que parecía ser, un extraño ser de delicadas formas y aspecto femenino. Cairne comprendió que aquello no era una ciudad: era una tumba.
Decidió salir de allí. Anduvo por las destruidas calles por un rato. Le pareció ver una luz azul. La siguió. La luz desaparecía y volvía a aparecer delante de él. Sus pasos eran apresurados. Llegó a una cámara. Entonces la vio claramente. No era una ni dos. Eran cientas de pequeñas esferas azules que esparcían la oscuridad. Cairne se acercó temeroso, pero pronto se dio cuenta de que estas no eran dañinas. Extendió su mano y tocó a una, que se escabulló rápidamente entre sus dedos. Parecía querer que la siguieran. Cairne obedeció. Al final de la cámara, había un bulto, una figura informe recostada sobre una cama natural de roca. Cairne se acercó un poco y luego retrocedió, tomando una piedra. Era un centauro o al menos se asemejaba a ellos. La criatura se incorporó. Era realmente enorme, mucho más que el mismo Cairne, mucho más que cualquier criatura que antes el joven Tauren viera.
Cairne tomó coraje y habló, dándole su nombre, su raza y su linaje, como acostumbran en su tribu. La criatura guardó silencio un instante. Luego, en el mismo lenguaje del tauren, le respondió. Su nombre era Cenarius, el Hijo de los Bosques, el maestro de su raza, quien ancestralmente había desaparecido milenios atrás. Cenarius le narró una historia increíble acerca de aquella ciudad hundida en lo profundo de las cavernas de Stonetalon, una historia ancestral de guerras, traiciones y odio, demasiado para la joven mente de Cairne. Cenarius había regresado a aquella ciudad para recuperar los espíritus de todos los que habían muerto hacía centurias, atrapados en la profundidad de la desesperanza y el remordimiento. Esas eran las luces que Cairne había seguido.
El joven tauren se inclinó e imploró la asistencia del semidios, para que le ayudase a liberar a su pueblo de la opresión de los centauros, pero Cenarius le dijo que los tauren no necesitaban de su ayuda, pues ya tenían un líder que los llevaría a la victoria. Cairne no comprendía sus palabras. Cenarius sonrió y volvió su mirada hacia el techo de la caverna. Una enorme raíz empezó a abrirse paso entre la endurecida roca y al poco tiempo, la luz del sol razgó la oscuridad y calló sobre el tauren. Los espíritus escaparon gozosos hacia el exterior. Cenarius y Cairne salieron de la cueva. Se encontraron en un inmenso y tupido bosque, donde las esferas azules penetraron y desaparecieron. Cairne se sentó y empezó a escuchar su corazón. Era como si el bosque entero susurrara. Sintió una profunda paz. Cenarius lo miró con ojos de bondad y complacencia. Hacía milenios una raza se había corrompido dejando tras de sí una estela de destrucción y amargura de la que solo unos pocos escaparon. Pero Cenarius, finalmente, había encontrado a otro pueblo que escucharía el susurro de los espíritus y que traería una nueva esperanza para Kalimdor...
Unos enormes pasos resonaron fuera de la tienda. Los pequeños volvieron la mirada hacia la entrada. El enorme Tauren entró y todos se sobrecogieron. Con un silencio avasallador, repentinamente estalló una carcajada.
- ¡Ja ja! ¿Otra vez contanto historias a los niños, Hummull?
Cairne Bloodhooff, el jefe de los Tauren en persona, había aparecido.
- Querían oir la historia del gran Tauren que expulsó a los Centauros y derrotó a las Harpías.
- Vamos, pequeños, a dormir - dijo tiernamente con tono de abuelo.
Cuando se quedaron solos, Cairne habló a Hummull.
- ¿Por qué no les cuentas toda la verdad de la historia?
- No es preciso que la sepan todavía. Nuestro pueblo ya ha sufrido demasiado.
- A veces me siento tan cansado.
- No desmayes. Por casi noventa años has sostenido a tu pueblo. De no ser por ti hace mucho tiempo los Centauros nos habrían destruido.
- ¿Has escuchado los rumores?
- ¿Qué rumores?
- Mañana partiremos a las villas del sur, hacia la costa. Dicen que unos extranjeros pieles verdes han desembarcado...